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República Dominicana cosecha una nueva era dorada en el deporte

Por Divagna Encarnación
- 11 min de lectura

Incremento en inversión, atletas se alzan con la gloria y eventos internacionales llenan la vida del Centro Olímpico

Los gobiernos suelen ser recordados por las obras que construyen, las crisis que enfrentan o las reformas que promueven. Sin embargo, los legados verdaderamente transformadores son aquellos capaces de modificar las oportunidades de una generación. En el caso del presidente Luis Abinader, la política deportiva desarrollada desde agosto de 2020 reúne las condiciones para convertirse en uno de esos legados. 

No se trata solamente de estadios remodelados, presupuestos históricos o medallas obtenidas. Se trata de haber comenzado a entender el deporte como una política pública vinculada con la educación, la salud, la inclusión social, la disciplina y el desarrollo territorial.

Durante demasiado tiempo, el deporte dominicano sobrevivió gracias al talento natural de los atletas, al sacrificio de sus familias y al compromiso casi heroico de entrenadores y dirigentes. 

El país celebraba cada medalla, pero detrás de muchas de ellas existían precariedades, instalaciones deterioradas y recursos insuficientes. Había campeones a pesar del sistema, no necesariamente como resultado de este. 

La visión impulsada por el gobierno de Abinader comenzó a cambiar esa realidad mediante una inversión sostenida que conecta tres dimensiones esenciales: la formación escolar, el desarrollo competitivo y la infraestructura.

Las cifras permiten establecer un antes y un después. Entre 2020 y 2024 fueron destinados RD$793.3 millones al respaldo de los atletas de alto rendimiento. En apenas cuatro años, esa inversión superó los RD$750 millones desembolsados durante los ocho años comprendidos entre 2004 y 2012. 

Fue, además, el primer período constitucional en el que una administración respaldó económicamente la preparación de dos delegaciones olímpicas consecutivas. Al mismo tiempo, se invirtieron más de RD$2,000 millones en instalaciones deportivas y se entregaron o intervinieron más de mil clubes, canchas y multiusos.

La transformación se aceleró durante la gestión de Kelvin Cruz al frente del Ministerio de Deportes y Recreación. El presupuesto del ministerio, que durante años se mantuvo alrededor de los RD$3,700 millones o RD$4,000 millones, aumentó a aproximadamente RD$4,700 millones en 2025 y alcanzó RD$8,635 millones en 2026. Esto representa un crecimiento de 83.6 % en un solo año y la mayor asignación presupuestaria en la historia de la institución. Más que un incremento contable, expresa una decisión política: colocar el deporte en un nivel de prioridad que rara vez había tenido dentro del Estado dominicano.

En 2025 se entregaron 40 nuevas obras y se remozaron más de 150 instalaciones, con una inversión superior a RD$1,200 millones. Cerca de cien proyectos adicionales fueron puestos en ejecución por más de RD$2,195 millones. 

A ello se agregó la construcción simultánea de 56 techados multiusos: 31 en el Gran Santo Domingo, con una inversión superior a RD$800 millones, y otros 25 en municipios que nunca habían tenido una instalación de esa naturaleza, por más de RD$675 millones. La meta de que los 158 municipios posean por lo menos un techado constituye una apuesta concreta por la equidad territorial. La Presidencia ha situado en más de RD$5,295 millones la inversión reciente asociada con obras, remozamientos y proyectos deportivos.

Este esfuerzo tiene un significado profundo. Una cancha techada en un municipio históricamente olvidado no es una obra menor. Es un lugar donde los niños pueden practicar, los jóvenes pueden competir y la comunidad puede reunirse. Es una alternativa frente a la delincuencia, las drogas, el ocio improductivo y otras amenazas sociales. 

También es una señal de reconocimiento: el mensaje de que un adolescente de la frontera, el Nordeste o una comunidad rural merece condiciones semejantes a las disponibles en las principales ciudades.

El contraste también resulta evidente en las grandes instalaciones. El Estadio Olímpico Félix Sánchez, el Palacio de los Deportes Virgilio Travieso Soto y otros escenarios emblemáticos presentaban un deterioro incompatible con la historia deportiva dominicana. 

Solo la primera fase del Félix Sánchez recibió más de RD$950 millones, alcanzando condiciones que le permitieron servir como sede del Mundial Femenino Sub-17 de la FIFA. La transformación del Palacio de los Deportes en la Arena Banreservas Virgilio Travieso Soto, junto con las intervenciones en el Parque del Este y el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, demuestra que el país puede disponer de instalaciones comparables con las mejores de la región.

La celebración de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 fue la mayor prueba de esa visión. La inversión gubernamental en las obras asociadas con el evento rondó los RD$9,000 millones. El Estado transfirió miles de millones de pesos para la organización y destinó recursos extraordinarios a la preparación de la delegación. 

En mayo de 2026, el Ministerio de Deportes completó RD$893 millones para la preparación y el montaje de los atletas dominicanos. No se esperó la víspera de las competencias para improvisar; se financiaron con anticipación concentraciones, fogueos, equipos y otras necesidades de los competidores. La entrega final de esos recursos quedó documentada oficialmente por la Presidencia.

Los resultados justificaron el esfuerzo. República Dominicana concluyó Santo Domingo 2026 con 150 medallas: 46 de oro, 37 de plata y 67 de bronce. Esa cosecha superó el récord de 131 preseas alcanzado en San Salvador 2002 y estableció una nueva marca nacional tanto en total de medallas como en títulos. El país terminó en el quinto lugar general, impulsado por actuaciones como los cuatro oros de Liranyi Alonso, las siete coronas del boxeo y el séptimo título consecutivo de las Reinas del Caribe.

Sería simplista atribuir cada medalla exclusivamente a una administración. Los triunfos pertenecen, ante todo, a los atletas y a quienes los acompañaron durante años. Pero también sería injusto negar la relación entre preparación, inversión y rendimiento. 

El talento necesita alimentación, entrenadores, fisioterapia, fogueos, transporte, instalaciones y seguridad económica. Cuando el Estado garantiza esas condiciones, el deportista puede concentrarse en competir. La política pública no corre, salta ni golpea por el atleta, pero puede evitar que este llegue a la competencia cargando sobre sus hombros el peso de la indiferencia institucional.

La progresión competitiva ofrece otras evidencias. En los Juegos Panamericanos de Santiago 2023, el país conquistó 32 medallas, ocho de ellas de oro. En los Centroamericanos de San Salvador 2023 obtuvo 111 preseas. 

En París 2024 llegaron tres medallas olímpicas: el histórico oro de Marileidy Paulino en los 400 metros y los bronces de los boxeadores Junior Alcántara y Cristian Pinales. Antes de 2020, República Dominicana había acumulado siete medallas olímpicas en aproximadamente seis décadas; durante el primer período de Abinader obtuvo cinco en Tokio y tres adicionales en París, elevando a quince el total histórico nacional.

Pero el componente más trascendente de esta política probablemente no se encuentra en los escenarios del alto rendimiento, sino en las escuelas. Allí comienza el verdadero legado. Desde noviembre de 2022, la gestión de Alberto Rodríguez al frente del Instituto Nacional de Educación Física ha ampliado considerablemente el alcance del deporte escolar. 

El INEFI dejó de concentrarse principalmente en actividades administrativas y capacitación docente para convertirse en una institución presente en los centros educativos, rehabilitando espacios, entregando utilería y organizando programas capaces de vincular la educación física con la formación integral.

Los números son elocuentes: 919 intervenciones en canchas, pistas, estadios y otros espacios escolares, con alrededor de 500,000 estudiantes y atletas beneficiados. Además, se distribuyeron más de 113,000 artículos deportivos, desde balones y equipos de béisbol hasta implementos de ajedrez, bádminton y tenis de mesa, con un impacto estimado de 1.5 millones de personas. El balance oficial destaca también los programas de formación docente, orientación con atletas de alto rendimiento e identificación temprana de talentos.

Las dos ediciones recientes de los Juegos Escolares Deportivos Nacionales representan la expresión más visible de ese cambio. Barahona 2023 reunió a más de 3,500 atletas en 19 disciplinas, con subsedes en San Juan, Azua y Bahoruco y una inversión cercana a RD$610 millones. 

San Francisco de Macorís 2025 elevó la participación a más de 4,000 atletas y dejó como legado instalaciones remozadas en el Nordeste, incluyendo la primera pista moderna de atletismo azul del país. Las obras permanecen después de la premiación y continúan sirviendo a estudiantes, clubes y comunidades.

Ese es el modelo correcto. Los Juegos Escolares no deben ser vistos como una celebración aislada, sino como el primer eslabón de una cadena que conduzca desde la clase de educación física hasta las selecciones nacionales. En las escuelas están las próximas Marileidy Paulino, Liranyi Alonso y futuras Reinas del Caribe. Posiblemente todavía no conocen su potencial. 

Para descubrirlo necesitan un profesor capacitado, una cancha segura, competencias regulares y un sistema que les permita continuar desarrollándose. La medalla del futuro comienza muchas veces con un balón entregado a tiempo en una escuela pública.

Programas como “Atletas con el INEFI”, “INEFI con el Barrio” y “Recreándome con INEFI” agregan una dimensión humana. Cuando un deportista destacado visita una escuela, su historia convierte un sueño abstracto en una posibilidad cercana. Cuando se lleva actividad física a un barrio vulnerable, el Estado no solo organiza una jornada recreativa: recupera el espacio público, fortalece la convivencia y acerca modelos positivos a la juventud. Las alianzas del INEFI con organizaciones como los Yankees, los Dodgers y Major League Baseball amplían recursos y conocimientos sin abandonar la responsabilidad pública.

La educación física también debe valorarse por lo que aporta a quienes nunca llegarán a ser atletas profesionales. Una sociedad activa tiene mejores herramientas para prevenir la obesidad, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y los problemas asociados con el sedentarismo. El deporte enseña a respetar reglas, trabajar en equipo, gestionar la frustración, perseverar y reconocer el mérito ajeno. Es, por tanto, una inversión simultánea en salud preventiva, ciudadanía y convivencia.

El legado de Abinader no estará completo únicamente porque existan más instalaciones. Toda obra pública enfrenta el riesgo del deterioro si no cuenta con mantenimiento, administración y programación. La próxima etapa debe crear protocolos transparentes para conservar los espacios, medir su utilización y garantizar que estén abiertos a las comunidades. También será necesario fortalecer la conexión entre INEFI, clubes, federaciones, ayuntamientos y Ministerio de Deportes, para que ningún talento detectado en una escuela se pierda por falta de seguimiento.

Asimismo, la inversión debe ser evaluada con indicadores públicos: atletas beneficiados, competencias organizadas, participación femenina, inclusión de personas con discapacidad, distribución provincial de los recursos y resultados de los programas. Defender esta política no significa renunciar a la fiscalización. Al contrario, cuanto más importante sea el deporte para el país, mayor debe ser la transparencia. La mejor manera de proteger el legado es convertirlo en una política de Estado verificable, profesional y sostenible, no en una iniciativa dependiente de una sola administración.

Aun con esos desafíos, el balance es extraordinariamente positivo. La visión del presidente Abinader consiguió articular infraestructura, preparación de atletas, eventos internacionales, deporte escolar y equidad territorial. Kelvin Cruz aceleró la ejecución desde el Ministerio de Deportes; Alberto Rodríguez convirtió al INEFI en una plataforma de transformación desde las aulas; los entrenadores sostuvieron el trabajo técnico, y los atletas respondieron con resultados históricos.

Las 150 medallas de Santo Domingo 2026 brillarán en los registros, pero el legado más valioso podría estar ocurriendo ahora mismo, lejos de las cámaras: en una niña que corre por primera vez sobre una pista adecuada; en un joven que cambia la calle por el club; en un profesor que recibe mejores herramientas; en un municipio que estrena su primer multiuso, o en una comunidad que recupera un lugar para encontrarse.

Esa es la dimensión profunda de la revolución deportiva iniciada durante el gobierno de Luis Abinader. No consiste únicamente en formar campeones, sino en formar ciudadanos. No se limita a ganar medallas hoy, sino que crea condiciones para competir mañana. Y no deja solamente cemento, techados y graderías: deja oportunidades, disciplina, salud, valores y esperanza. Cuando un gobierno invierte desde la escuela hasta el alto rendimiento, el deporte deja de ser un espectáculo ocasional y se convierte en un proyecto de nación.

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